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Noviembre
1
dom
2009
Dos décadas más tarde...
<strong>San Esteban de Cuñaba fue el primer Pueblo Ejemplar de la Fundación Príncipe.</strong> El galardón no ha cambiado las costumbres de esta aldea, pero llevó a la zona el turismo rural
Antonio Enterría, en su casa. / N. A.

Un día del año 1990 la pequeña aldea de San Esteban de Cuñaba amanecía, como siempre, entre el suave murmullo que se escucha ante las montañas que la cobijan y con ese peculiar color de la niebla que empieza a disiparse para dejar paso a los primeros rayos del sol. Sin embargo, ese día la intranquilidad y el nerviosismo se apoderaban desde bien temprano de todos los vecinos del pueblo. No era un día cualquiera, sobre todo para Felisa Corces, encargada de hacer la comida «para unas 300 personas». Todo medianamente normal si no fuera porque entre los comensales se encontraba el Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón. «Fabada, tortilla y arroz con leche» para disfrutar con «un chaval de 20 años» que venía a otorgar el galardón de Pueblo Ejemplar, el primero de todos los concedidos por la Fundación Príncipe de Asturias en el marco de los Premios Príncipe.
Desde entonces algo cambió en esta aldea del concejo de Peñamellera Baja. Los amaneceres siguen siendo igual de tranquilos. El pueblo, en un día normal, trasmite lo que para unos es paz y armonía y para otros el temido éxodo que empuja a los pueblos a su desaparición. Y si bien el número de vecinos no creció -unos 20 por aquellas fechas y unos 14 en la actualidad-, sí nació en él el turismo rural, inexistente hasta la fecha. Tres apartamentos y dos casas de aldea de alquiler dan fe de esa evolución ocupadas en satisfacer la curiosidad de unos turistas que «llegan preguntando, aún hoy, qué ruta hizo» el por aquel entonces jovencísimo Heredero de la Corona.
Sí. Con el Pueblo Ejemplar llegó el turismo a San Esteban. Cuenta su alcalde, Manolo Corces, que, «de no ser por aquel empujón, esto estaría desaparecido por completo». Los accesos no eran del todo apropiados y los puestos de trabajo eran únicamente los creados por los ganaderos, oficio exclusivo de los vecinos junto a la construcción -fuera de la aldea-. El premio «sirvió» para San Esteban «y también para Peñamellera» porque, pese a que «el potencial podría ser mucho mayor», señala Corces, «los propios vecinos empezamos a hacer rutas y algunas iniciativas más» que potenciaran un emergente turismo que fue llegando con cuentagotas. En aquella visita se materializaban «unos cuatro millones de pesetas del premio» que los vecinos decidieron invertir -«después de pagar las 300.000 pesetas que nos costó la fiesta de bienvenida del Príncipe»- en «encauzar riegas de los caminos en tuberías, hacer un aparcamiento y hormigonar la parte final del pueblo, unos 200 metros de camino». Eran las obras que quedaban por hacer porque, como señala Eustaquio Turiel, «los trabajos más importantes se hicieron antes de recibir el Premio», ya que «en parte, gracias a adecentarlo todo un poco fue por lo que lo recibimos». Para este vecino «el cambio ha sido constante», en parte por el galardón y en parte «por lo que llaman globalización». El premio significó «mucho porque fue que los vecinos empezaron a creer en el pueblo, en su naturaleza como tal», explica.
San Esteban de Cuñaba fue el primer galardonado de los premios y por ello es hoy conocido. Pero también por ser el lugar que vio nacer al ahijado del Príncipe. «Milagros (Sánchez) estaba embarazada entonces», recuerda Eustaquio, «y el Príncipe no tuvo ningún problema en aceptar la solicitu de apadrinar al pequeño» que, una vez nacido, pasó a ser su tocayo. Al poco tiempo la familia con padrino real se fue a Gijón «sobre todo por motivos laborales», asegura Corces. Allí siguen, aunque «vienen todos los fines de semana e, incluso, ahora están ampliando su casa», cuenta.
Sentado en el porche de su casa de piedra, viendo cómo pasan las horas, cuenta Antonio Enterría, de 84 años, que «el cambio fue bueno y, sin embargo, el pueblo sigue siendo como era». Recuerda Enterría «lo majo que era el Príncipe» y el entusiasmo que había en sus ojos «cuando miraba el paisaje». Sin embargo, «no sé si le gustó mucho, porque no volvió a aparecer por aquí», bromea. Para este vecino los días en San Esteban «no son tan distintos a antes». Asegura que «al menos han llegado dos vecinos nuevos» y pese a que «en verano viene algo más de gente, tampoco es como para tirar cohetes; esto está muy a desmano», lamenta mientras reconoce que «para algo tiene que valer que te den ese premio, como mínimo para que nos visite un extranjero, como el Príncipe».

Fuente: El Comercio Digital - Eva SanRomán
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