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Agosto
5
vie
2011
Orvallu de Xuliu, otoñu n’el sacu
Cecilio F. Testón, Cronista de las Peñamelleras

Descansando este mes de Lances aguas arriba con el que continuaré a la vuelta ( no obstante ruborizarme el abuso de la paciencia de quienes me quieran seguir leyendo por estas riberas), hoy, acosado por la adición, no me resisto a dedicar el ocio a algo tan divertido, como dar un paseo a lo Dédalo y a vista de milano sobre la collada-nudo, en que he venido desgranando vivencias y costumbres de estos mis escritos, aunque sobrevolar ese otero espectacular en el que se enlazan (por eso lo del nudo) los valles de mis enrolles, no deja de ser un sondeo más en el paisaje interior, que llevo dentro.

Aprovecho el spray tierno del orvallu de julio, que esmerila delicadamente el ventanal de mi estudio entre la niebla, al difuminar las siluetas cubistas de un Gijón playero, aquí por Poniente.

Y, mientras el sahumerio de un chocolate indiano (¡pobre pecador, rico en debilidades!) en la intimidad, rodeado de libros y cuadros, aromatiza las nostalgias de mis andanzas en chirucas por el monte entre brezales, el cacao me agudiza aun más el mono por Los Picos de Europa.

Tomo en las manos cinco fotografías, convertidas en postales de otros tantos ilustres artistas, con quienes de algún modo he tenido que ver, tomadas en el mismo punto y enfocadas a una de las panorámicas más clásicas de la época preturística norteña, el Puerto de Panderruedas. Pertenecen todas a tiempos distintos, pero coincidentes en designar al foráneo que se moviera por estos pagos en calzón de lona con el romántico nombre de viajero: El Marqués de Santa María del Villar, José Porrero, José González Merás, Juan Evangelista y Eusebio Bustamante.


 Diego Quiroga y Losada, Marqués de Santa María del Villar, a quien conocí en Andoain y en San Sebastián en 1959, después de haber contemplado en el Museo San Telmo una obra suya titulada La Sopa Boba en Carcastillo (Navarra). La foto que tengo en mis manos pertenece a su época pictoralista, cuando el noble madrileño se había enamorado de Los Picos de Europa y asiduamente acudía de primavera a otoño a gozar de sus rincones, enganchado, tras su primera visita de cacería con Alfonso XIII.

José Porrero, que apenas se detuvo en el paisaje, sino en el paisanaje, en esta fotografía revelada en su estudio de Langreo nos ofrece, después de una excursión por Oseja y Valdeón, el valor artístico de luces y sombras. El interés despertado en mí es obvio, debido al origen peñamellerano de Abándames y a lo que supuso su presencia en las tertulias de Panes en los años veinte. Se dedicó tanto aquí como en México a documentar familias de los pueblos del Deva, a las que, cercano al realismo, sin embargo siempre las dotaba del ennoblecimiento velazqueño, incluso cuando los harapos más desventurados de aquella sociedad no podían disimular las estrecheces.


 José González Merás, don José Merás, Sacerdote Beneficiado de Covadonga, de quien recibí no sólo el afecto desde niño, sino la enseñanza y hábito de estudio, del arrobo místico que le envolvía la contemplación del paisaje y la veneración de nuestros ancestros. ¡Qué interesantes aquellos paseos de ocio cultural de los jueves por bosques y praderas y en los que el contacto con pastores y labriegos nos enriquecía, a contrapunto del panorama realista, que no dejaba de reflejar el Beneficiado en su cámara! Desde las hondonadas del Santuario a las vegas de Comeya y de Los Lagos don José con su leika al hombro iba archivando la biografía de cuanto pululaba en aquella bucólica plataforma de Los Picos de Europa. Nacido en la Casería Alfonsa en Les Cuadrelles de Villaláez cerca de Cangas de Narcea y estudiante en el Seminario de Oviedo, Profesor en el Colegio de San José de Vllaviciosa, llegó a Beneficiado de la Colegiata de Covadonga con el Obispo Arce Ochotorena, aquel que veraneaba en Villa Isaura de Alevia. En el Santuario se convertiría en el reportero de La Santina y notario de cuantos en aquella pobre España acudían a enjugar lágrimas en La Cueva tras la cainita guerra del 36.

Juan Evangelista Canellada, el pintor y fotógrafo cabranés de Torazo, andariego y amigo de Porrero, que había respirado en París los liberalizadores empastes de las pinceladas impresionistas en la pintura, para incorporarlas en su manera de interpretar la fotografía, y a cuya recuperación pictórica en los años ochenta este cronista tuvo el honor de contribuir a hacerle justicia en compañía de mi inolvidable Luciano Castañón y Leopoldo Palacios.

Y en fin, Eusebio Bustamente. Allá por los cincuenta trabé amistad con él, cuando, enganchado a sus creaciones, frecuentaba su establecimiento de Potes y después en nuestras tertulias en Santander, durante su corta estancia en la capital de la Montaña. Todos los reportajes de la época pasaban por su cámara. Recuerdo aquel carro de hierba en Pineda, cuya silueta sobre un mar de niebla en el que flotaban las crestas desde Peña Prieta y el Coriscao a las imponentes dentaduras de Peña Vieja. Fue un fotógrafo extraordinario y montañero, que no se arredró en escalar el Urriellu con Alfonso Martínez, el esquilu de Camarmeña en 1935, para recrearnos con su cámara.

Los tres fotógrafos en diferentes fechas estuvieron en este lugar iniciático del arcano guardado por milenios en esta collada. A ella se accedía por la empedrada calzada construida por el Arcediano de Villaviciosa, Pedro Díaz de Oseja en el s. XVII: el Puerto y Collado de Panderruedas, arista leonesa entre Oseja y Valdeón, precisamente próximo al esquinazo en que el Puerto del Pontón casi corona el hayedo alfombrado de arándanos. En él sale el Salia>Sella encabritado de la fuente del Infierno varga abajo por La Piconera. Punto prerromano de la Historia de cántabros y astures, en que las lactíferas Anjanas de los retoños Ojáncanos de La Concania se mezclaban con Les Xanes, de cuyas tetas se colgaban Los Xaninos de los astures, retozones mitos de fontanas y pozas.

Lo frecuento, porque desde él presencio el simultáneo parto de los montes: bajo él el Cares y, tras Remoña (Re-Miña), el Deva. Paisaje no de postal en color, sino del mío, interior y arraigado en el sepia, que yo contemplo en estos cinco pioneros de missueños virtuales. En las placas en que el embrujo de los gamones de las brañas testifican todavía la bucólica pastoril de Bores, de Frama y Espinama del Marqués de Santillana. En este punto hasta de noche en la luna llena de diciembre, con Diana rielando plata en las calizas por encima del Frade, me he llegado a encontrar disfrutando de los lobos en una ocasión, que lúgubres y lastimeros aullaban desde las espesuras del hayedo (amparado yo cobardemente tras los espejos del coche).

Pero todo es nada si miramos al fondo del panorama, donde el órgano de la naturaleza ataca con el tutti triunfal de todas las baterías. Como decía el poeta: …¡Y Sevilla!: …¡Y Las Peñas Santas! y ¡Peña Bermeja! y, cerrando el embudo por el cañón de Asotín, sobre el que un día respingau por el vértigo gateé el pasadizo de una pared, como una rámila…, ¡y Cerredo! y ¡Colláu Jermosu! y ¡Salinas! y ¡Tesorero! y ¡Llordes! ¡…!

Sigue orvayando. Y ya no queda chocolate.

Fuente: El Oriente de Asturias - Cecilio F. Testón
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